Hay algo en la llegada del verano que siempre me cambia el ánimo. Los dÃas se alargan, la ropa se vuelve más ligera y aparece esa sensación de querer renovarlo todo: la piel, el pelo, la rutina… incluso la energÃa. Para mÃ, prepararme para el verano no tiene que ver con “transformarme”, sino con sentirme cómoda, fresca y bien conmigo misma.
Con los años he aprendido que los mejores cambios no vienen de las rutinas imposibles ni de comprar veinte productos nuevos. Vienen de escuchar lo que mi cuerpo necesita después del invierno y darle un poco más de atención.





